28 Jul Conexiones que transforman
Por: Lilian Urueta
Directora GOYN Barranquilla
Las nuevas generaciones viven una paradoja. Por un lado, enfrentan un contexto de precariedad laboral, fragmentación educativa y desigualdad persistente. Por otro, son el grupo social con mayor capacidad de innovación, resiliencia y energía transformadora. En ellos y en ellas se cruzan las tensiones y las posibilidades de una ciudad que, si logra invertir en su juventud, podría convertir su diversidad y creatividad en su mayor ventaja competitiva.
El Informe Panorama de la Juventud en Barranquilla 2025: Conexiones que transforman, elaborado por GOYN Barranquilla y NuestraBarranquilla, advierte que el 24 % de la población del área metropolitana de esta ciudad es joven. Este dato no es menor. Representa una oportunidad histórica para impulsar un nuevo modelo de desarrollo basado en el bienestar relacional, un enfoque que entiende que la inclusión social, educativa y productiva no depende solo de la oferta institucional, sino de la calidad de las redes de confianza, apoyo y colaboración que sostienen las trayectorias de vida de la juventud.
Nuevas generaciones, viejos desafíos
La juventud de Barranquilla enfrenta retos que reflejan tensiones históricas asociadas con la desigualdad educativa, brechas de acceso al empleo formal, precariedad en la salud socioemocional y una limitada participación en las decisiones colectivas.
Frente a una realidad donde solo el 56,7% de quienes culminan el colegio acceden de inmediato a la educación superior, según datos del Ministerio de Educación Nacional (SNIES y SIMAT, 2024), las trayectorias educativas de la juventud barranquillera siguen marcadas por rupturas y desigualdades. La presión económica, la necesidad de trabajar y la falta de orientación socioocupacional hacen que muchos jóvenes abandonen sus estudios o no encuentren rutas claras para continuar formándose.
De hecho, entre los jóvenes de estrato 1, solo el 39 % logra culminar la educación superior, mientras que en los estratos altos lo hace más del 80 %, de acuerdo con la Gran Encuesta Integrada de Hogares (GEIH) (DANE, 2024). Esta brecha expone con crudeza las desigualdades estructurales del sistema educativo.
En el ámbito laboral, la situación no es menos desafiante. Según estimaciones de la Gran Encuesta Integrada de Hogares (DANE – GEIH, 2024), la tasa de desempleo juvenil alcanza el 22 %, el doble de la tasa general de la ciudad (11 %). Actualmente, existen más de 50.000 jóvenes desempleados, de los cuales 23.000 cuentan con formación en educación superior, lo que refleja la desconexión entre la formación académica y las demandas del mercado laboral. Además, el 26 % de los jóvenes trabaja sin ningún tipo de contrato y, entre quienes sí logran uno, el 39 % son acuerdos verbales, una situación que precariza sus condiciones y limita su capacidad para ejercer derechos laborales básicos.
Aun así, este panorama no está condenado a la inercia. Desde los barrios, las instituciones y organizaciones comunitarias pueden surgir nuevas experiencias y abordajes para cerrar esas brechas. Programas de mentoría, alianzas con centros técnicos y redes de acompañamiento serán claves para que más jóvenes retomen su formación o encuentren alternativas flexibles para completar su educación. El desafío, sin embargo, sigue siendo estructural: conectar de manera efectiva la escuela con el trabajo, la formación con la empleabilidad y el talento con las oportunidades de desarrollo.
Barranquilla tiene las condiciones para hacerlo. Lo demuestra su ecosistema educativo y productivo, que ha empezado a reconocer que la permanencia en la educación no depende solo de la oferta institucional, sino del tejido de relaciones que la sostiene. Fortalecer esas conexiones, será clave para transformar una estadística preocupante en una oportunidad concreta de futuro.
De la precariedad a la creación
Las trayectorias educativas fragmentadas, vistas desde una perspectiva estructural, pueden ser tanto síntoma como punto de inflexión. El Informe identifica a 183.651 jóvenes con potencial, es decir, quienes no estudian ni trabajan formalmente o lo hacen en condiciones de informalidad. Este grupo, que representa el 38 % de la población joven, condensa el reto más urgente y al mismo tiempo la mayor oportunidad de transformación si la ciudad logra articular un ecosistema capaz de reconectarlos con la educación, la productividad y el bienestar.
Así mismo, la relación entre educación, empleo y emprendimiento no es lineal, sino que por el contrario es una red que se teje en contextos desiguales. En Barranquilla, el 52 % de la juventud ocupada trabaja en el sector informal y el 60 % gana menos de un salario mínimo.
En el caso del emprendimiento, la realidad no es menos compleja. El 84 % de los emprendimientos juveniles opera en la informalidad, sostenido principalmente por ahorros propios o el apoyo familiar. Aun así, lejos de representar una derrota, este dato refleja una energía creativa que desafía la exclusión. Jóvenes que, ante la falta de oportunidades formales, están inventando las suyas a través de apuestas que van desde negocios familiares hasta proyectos tecnológicos y culturales, que combinan innovación social con sentido comunitario.
Sin embargo, la inclusión productiva no puede sostenerse sin el bienestar relacional que la hace posible. Los datos son contundentes: 6 de cada 10 intentos de suicidio corresponden a personas jóvenes y el 83 % de los casos ocurre en estratos 1 y 2.
De acuerdo con NuestraBarranquilla (2022), la falta de acceso a educación y empleo impacta de forma directa en la estabilidad emocional de la juventud, configurando un círculo donde la frustración y la precariedad se retroalimentan. Por eso, fortalecer las redes de apoyo, espacios de acompañamiento psicosocial y entornos comunitarios seguros, más que complemento, constituyen una condición de posibilidad para la inclusión productiva.
En paralelo, crece una generación que decide involucrarse en la transformación de su ciudad. Más de 200 colectivos juveniles activos participan hoy en proyectos ambientales, culturales y comunitarios. Aunque solo la mitad de los jóvenes vota en elecciones presidenciales, el 68 % expresa disposición a involucrarse en temas de ciudad, lo que revela una ciudadanía emergente que exige canales más directos de incidencia y reconocimiento. Esa energía cívica, sumada al talento y la resiliencia de la juventud, representa una oportunidad enorme para reconfigurar la ciudad desde las raíces.
Barranquilla se encuentra ante un punto de inflexión. La ventana del bono demográfico comienza a cerrarse, pero su bono social está apenas por construirse. La oportunidad, entonces, no radica exclusivamente en aumentar la cobertura educativa o generar más empleos, sino en fortalecer el capital social que los une; esas redes de confianza, cooperación y reciprocidad que sostienen las trayectorias cuando las instituciones no bastan.
Apostar por la juventud barranquillera no es una tarea de futuro, sino una urgencia presente. Si la ciudad logra convertir la creatividad, la resiliencia y la solidaridad de sus jóvenes en estructuras sostenibles de bienestar, entonces el potencial que hoy parece disperso podrá convertirse en la fuerza que impulse el desarrollo económico, social y cultural de toda una generación.
Barranquilla: un laboratorio vivo de conexiones
Barranquilla es un territorio en movimiento. El ecosistema colaborativo de GOYN es una muestra viva de eso: más de cien organizaciones entre empresas, universidades, entidades públicas, fundaciones, gremios y colectivos juveniles han entendido que el desarrollo no se logra trabajando por separado.
Esa articulación ha comenzado a generar una nueva cultura de colaboración. Lo que antes eran esfuerzos dispersos hoy se traduce en una red que conversa, comparte información, se apoya y busca soluciones comunes. Es una señal clara de que en Barranquilla existen las condiciones para construir un modelo de inclusión productiva que funcione, siempre que se mantenga y se profundice este trabajo conjunto.
Los desafíos siguen siendo grandes. Más de 183.000 jóvenes aún enfrentan barreras para desplegar su potencial. La informalidad, las brechas educativas y la falta de oportunidades siguen marcando las trayectorias. Pero el ecosistema empieza a dar respuestas a través de espacios de diálogo, alianzas estratégicas, mentorías, proyectos compartidos. Todo ello impulsa una forma distinta de entender la ciudad, donde cada actor asume su parte en la tarea colectiva de abrir caminos.
Porque sí, llegó la hora de entender que la juventud barranquillera no quiere heredar una ciudad hecha a la medida de las pasadas generaciones, quieren ser parte de su construcción. No se conforman con ocupar los espacios existentes, los están transformando. Desde los barrios hasta las aulas, desde las empresas hasta los colectivos, están redefiniendo lo que significa el progreso de sus territorios. Pero el compromiso no puede ser solo de ellos. La ciudad, sus instituciones y el sector privado también deben poner el hombro, creando condiciones dignas y sostenibles para que esa energía juvenil tenga futuro.
Barranquilla ya tiene el pulso de un ecosistema que late en red. Ahora necesita mantenerlo fuerte, coherente y conectado, para que la colaboración deje de ser una excepción y se convierta en la base de su desarrollo.
Referencias
- GOYN Barranquilla & NuestraBarranquilla. (2025). Informe Panorama de la Juventud en Barranquilla 2025: Conexiones que transforman.
- Alcaldía de Barranquilla. (2024). Reporte de Salud Mental y Juventud 2024.
- DANE. (2024). Gran Encuesta Integrada de Hogares – Resultados para Barranquilla A.M.
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